24 de julio de 2018

RECONCILIANDO PUNTOS DE VISTA

Después de la elección en la que la sociedad optó por teñir los distintos puestos de elección, prácticamente de un solo color, la atención se ha centrado en las modificaciones enunciadas diariamente por el virtual presidente electo, y que a todas luces, sin conocer a ciencia cierta su magnitud, producirán cambios sustanciales en el régimen político mexicano. Sin embargo, esto ha traído consigo una tensión con alto grado de hostilidad entre la sociedad.

La polarización postelectoral ha mantenido las relaciones sociales condicionadas a un “ganador” y a un “perdedor”. Dependiendo a quien se haya apoyado es el tipo de comportamiento y discurso manifestado. Claro, sin generalizar, pero sí observando una propensión. Si se apoyó al vencedor, quienes lo hicieron, elogian los cambios propuestos y enarbolan el nuevo proyecto de nación. Por otra parte, quienes apoyaron al vencido, se han convertido en los principales opositores de cambios radicales en el gobierno, exponiendo los riesgos de tales decisiones. Se hable de unos u otros, el estrés ha conllevado una permanente discusión entre simpatizantes y detractores; infortunadamente en términos violentos. Por ejemplo, aquellos que en redes sociales se ocultan tras el anonimato, e indistintamente de sus filias, instigan regularmente comentarios de odio e ira contenida.

Lo que no hemos entendido como sociedad es que entre nosotros no podemos permitir la vejación, y menos por motivos tan fútiles. Pensar que la salida de unos y el ingreso de otros en el gobierno es la panacea, es errar nuestro diagnóstico. Claro, no sin darle su debida proporción. Y si bien es cierto que un gobierno genera de manera importante las condiciones de progreso o retroceso, no hemos logrado alcanzar la madurez para también dimensionarnos en la justa proporción. Esta elección ha dado visos de que cuando la mayoría tiene un objetivo común, es ineluctable su mandato. Ahora debemos trabajar incansablemente porque las resoluciones no solo se limiten a la decisión de la mayoría, sino que estas se esgriman a partir del interés permanente de lo que sucede en la palestra nacional. Como menciona Castoriadis en Le contenu du socialisme: el dominio real es el poder decidir por sí mismo sobre cuestiones esenciales y hacerlo con conocimiento de causa.

El inconveniente parte de la desconfianza que tenemos en nosotros mismos, en darle una oportunidad a lo distinto cuando lo igual o semejante nos ha mantenido anquilosados. Algunos especialistas ponen en tela de juicio si los cambios anunciados, realmente producirán los efectos que en campaña se prometieron, y si la forma en que se darán corresponden a un gobierno inclusivo, y sobre todo, capaz de escuchar a las voces disidentes. Y es en este punto donde la conciencia política toma un papel preponderante, pues debe de continuar siendo crítica, pero también, prudente y moderada. Es por ello que la reflexión debe tomar nuevos rumbos y dirigirse hacia la duda, cr
ítica y acción cuando las decisiones tiendan a desplazar el mandato social; pero también reconociendo aquellas que impulsen y fortalezcan el bienestar común.

13 de julio de 2018

PRIMER PASO HACIA UN CAMINO DESEADO


Una mirada al pasado

Tiempos de angustia se han posesionado sobre la cotidianidad nacional. Han sido demasiados momentos que han hecho pensar en una debacle definitiva, ya sea propensa a derruir lo poco de todo lo que sostiene al país o como punto de inflexión para una remodelación estructural. Tan caótico se ha vuelto el escenario que nos obliga a repensarnos como personas; a reflexionar sobre nuestro pensar, decir y hacer, ya fuera desde nuestra intimidad o desde el contacto con el otro.

Finalmente, tanto el espacio público como el privado alcanzaban lo deseable en muchas décadas: una conciencia política. Su presencia a lo largo de los años había sido intermitente y ejercida por sectores bien definidos. El desinterés se había convertido en la impronta de los procesos electorales. Aunque algo común a todos ellos era que encerraban algo muy parecido a la profecía. Cualidad que la sociedad había desarrollado con el pasar del tiempo; provocando su indiferencia en los procesos que impactaban permanentemente en su interacción. 

De ahí la trascendencia de este proceso electoral circunscrito en el año 2018. El hartazgo general lograba penetrar transversalmente a la sociedad mexicana. Los distingos, por el momento, quedaban en un segundo término. Ahora eran las convergencias las que motivaban las reacciones sociales hacia la transformación de una realidad vulnerada por factores de la más diversa índole. La realidad se había convertido en un coliseo de deseos, aspiraciones y/o esperanzas. La vox populi se pronunciaba por los espacios más recónditos del país. Algunos mensajes se cifraban por las restricciones producidas por la violencia, otros por condicionamientos, y otros tantos más por temor a la respuesta ante el desacuerdo. Sin embargo, todos ellos coincidían en la necesidad de un cambio radical. Se volvía imperante la injerencia activa en el proceso electoral; opinando o participando, ya fuera en su núcleo familiar o en el espectro social donde se desarrollara. Ningún espacio quedaba aislado en este acontecimiento. El espacio de lo social, por fin, se había politizado y el interés por los avances diarios era un común denominador en algún momento del día.

Empero, no todo podía ir viento en popa. Las condiciones del escenario nacional también habían polarizado a la sociedad; a tal grado que, amistades forjadas a lo largo de varios años, se vieron laceradas en un par de meses. Todo comentario realizado, decía tener la razón y poseer la verdad que debería traer consigo la conversión de ideales y convicciones contrarios al propio. Todo momento era oportuno para expresar posturas. La resonancia discursiva en los distintos foros atisbaba el camino deseado al cambio; sin tener certeza de cual será. Pero al fin es un cambio.

Mirando al futuro inmediato

Adquirir esa tan anhelada conciencia política -que hago votos porque se mantenga indefinidamente- ha tenido un precio inconmensurable. Este me parece el elemento más importante de lo que va del s.XXI en nuestro país por todo lo que ello significa. Cabe aclarar que no es a partir del triunfo de unos y la derrota de otros, sino porque este suceso a todos nos ha obligado a replantearnos nuestra participación en la política, ya sea como individuos o como colectivo, llámese sociedad civil, ONG's; pero sobre todo, partidos políticos. 

La fractura de grilletes sociales que generaron la participación activa en la política nacional, debe de mantenernos en una constante reflexión de cómo y  en qué sentido se toman las decisiones por aquellos a quienes se les delegó tal honor, como lo diría Aristóteles. Nosotros somos quienes debemos estar vigilantes del proceder gubernamental. Lo conseguido denota que se está construyendo la ciudadanía en los términos  que requiere una democracia. Ahora resta el mantenernos activos en las fases intermedias de elecciones; es decir, en aquellos lapsos donde se toman decisiones sin la consulta directa -a través del voto- del ciudadano. 

Esta ocasión fue el hartazgo el que aglutinó y transformo las diferencias en interés y acción directa sobre los destinos de la nación durante los próximos seis años. Ahora es preponderante no dejar de estar presentes en el ágora para mantener ese poder latente concentrado en la sociedad y no en una persona o partido político. De nosotros depende establecer los parámetros de avance de la siguiente administración. La expresión social fue perentoria, requiere de nuevas visiones hacia mejores destinos.

Ahora debemos mantener  impoluto nuestro derecho y responsabilidad de continuar interesados en lo que sucede en la vida pública, porque esta impacta irremediablemente en nuestra vida privada y en el futuro de aquellos que vienen atrás de nosotros.