27 de marzo de 2019

LA CELERIDAD POR LA TRANSFORMACIÓN DE LA POLÍTICA NACIONAL



INCORDIO POR LA HISTORIA POLÍTICA NACIONAL

Un lato pasado saturado de indolencia, iniquidad, ocultamiento y permisividad de malas prácticas políticas, sociales y económicas vinculadas con la corrupción e impunidad generadas en cada resquicio del país, tuvo como efecto retardado, el imperioso e inevitable involucramiento social. Si bien no de la mejor forma, esto es, de manera informada, modelando criterio bajo premisas reflexivas; se logró politizar prácticamente todo el territorio nacional. Los partidos tradicionales se habían anquilosado. El desgaste provocado por décadas, los hacía ver obsoletos, imposibilitados para ser la primera opción de una gran mayoría que los veía como protagonistas de la enervación nacional. Aunado en tiempo reciente a los escollos provocados desde sus propias dirigencias hacia su interior.

La trayectoria a seguir se mostraba difusa, sin un lugar donde postrarse sosegadamente y tener el tiempo para otear un nuevo horizonte. Sin embargo, había emergido recientemente un movimiento que logró recoger la narrativa de las necesidades sociales. Morena logró revitalizar la “esperanza” de un futuro diferente a las prácticas establecidas en el statu quo del sistema político nacional -guardando toda proporción y un análisis a profundidad de los orígenes del movimiento-. Discursivamente adhirió voluntades de la más diversa naturaleza, permitiéndole configurar una retórica acumulativa del hartazgo y ofreciendo una propuesta antagónica al ejercicio histórico de la política en nuestro país.

Como ofrecimiento modélico de restauración de las premisas por el bienestar social se ciñó a las aspiraciones del grueso de la sociedad. La paradoja se presentaba en los personajes que fueron escribiendo el guion y el anfiteatro donde debería realizarse la obra. El proscenio estaba enmarcado por un único personaje protagónico, al que se le dotó con un aspecto moralmente inmaculado. Vaya, el polo opuesto de los personajes anacrónicos ante las necesidades sociales. Solo bastó enunciar un cambio de régimen, sin necesidad de argüir en cómo lo haría, para convencer a mucho de que era el adalid por el que la historia nacional estaba aguardando.

Después de un largo periodo de cambio desde la transición en el año 2000, donde ninguno de los actores logró instituir sólidamente un sistema que combatiera eficientemente las necesidades de los diversos sectores sociales. El crecimiento y distribución fue asimétrico. Los ricos acentuaban su capital, y en los sectores vulnerables y pobres se remarcaba su condición o empeoraba. Otras varias decisiones, omisiones o negligencias de gobiernos anteriores agudizaron el malestar social que se venía amasando con el paso del tiempo.

Resultado de ello, el marasmo ocurrido en la jornada electoral del dos de julio del año pasado. Los pronósticos se habían cumplido. Por primera vez en la historia de México, “la izquierda” logró cohesionar sentires e intereses de la más diversa índole. Por primera vez, se ensayaría bajo un nuevo director de obra y bajo un esquema institucional poco conocido en nuestra latitud. Tan ingente fue el triunfo que la legitimidad alcanzada en las urnas lo dotó de acciones de facto. Obligó al gobierno que estaba por salir a seguir sus pautas y cimentar los principios que regirían el inicio de su mandato.

PRESTEZA POR EL CAMBIO DE PARADIGMA

Se estará más o menos de acuerdo con la necesidad impostergable de repensar la configuración política, económica y social que requieren las circunstancias locales ante la ausencia indiscriminada de factores ético-morales. Esto se entendió grosso modo como menester un cambio de paradigma. A ojos del pensamiento conservador, enquistado en las últimas décadas, y con un pasado aún más contrastante, se manifiesta renuente desde las modificaciones más nimias como lo fue la toma de protesta como presidente por la gran carga simbólica; contra natura del carácter decimonónico aludido. Otra  de más peso, fue la conformación de su gabinete, el cual integró por personas que habían sido referentes en gobiernos priistas. Lo que supondría una contradicción al cambio.

Sin embargo, parecía que tan solo el hecho de haberse creado un nuevo partido, cualquier político que se afiliara quedaba eximido de su pasado. Ellos mismos hablaban ya de valores que habían dejado de ser parte de la política cotidiana. Hoy día continúan hablando de un pasado que pareciera les fuera ajeno y del cual no hubiesen sido parte.

A pesar del ambiente enrarecido entre discurso, actores y hechos; los cambios han sido prácticamente en la totalidad de las instituciones; dejando claro que el viraje tiene un rumbo con diferencias, más no lejano de las prácticas atávicas del sistema. Las primeras decisiones se centraron en acentuar la desavenencia con un modelo neoliberal, considerado por antonomasia, como el precursor del malestar social, y que en los hechos, no tiene demasiado margen para defenderlo a ultranza. Promotor de la indolencia y corrupción como patología de la erosión social.

La salida de los llamados tecnócratas de la SHCP, del BM y demás instituciones que tenían relación con los dineros del erario, fue otro indicio del cambio de paradigma. El mensaje era claro: las reglas del juego las iba a modificar el gobierno entrante y aquel que quisiera ser partícipe dentro de él tenía que ajustar sus pretensiones a un marco específico de acción. Al menos inicialmente.

Estos cambios eran los que el grueso del electorado que votó por AMLO esperaba. Consentían las formas deficientes al momento de realizarlos y la comunicación defectuosa que provocaron confusión no solo en sectores de la IP sino en la AP por haber sido el personal operativo quienes sufrieron las decisiones de esta transición. En este momento, el ambiente se percibía enrarecido y con un alto grado de incertidumbre. Nuevamente la polarización se hacía presente: Los que se sentían históricamente desplazados, olvidados y vilipendiados, veían en las decisiones un acto de justicia; y aquellos que habían sido beneficiados por los regímenes anteriores se sentían ultrajados. Es fácil darse cuenta de la descomunal distancia entre estas dos percepciones, no así de los procesos históricos donde se dieron los puntos de inflexión que hoy día han marcado un itinerario de reivindicación de los sectores vulnerables.

La realidad demanda perentoriamente no solo visibilizar a los olvidados e invisibilizados, sino ir más allá y empezar a construir plataformas que sustenten un incipiente desarrollo con miras a una mejor distribución de la riqueza. La celeridad radica en querer erigir la infraestructura necesaria en la mitad del tiempo de su mandato, en razón de haber propuesto la revocación de mandato (ya aprobada por cierto) para efectuarse en el 2021; aunado a lo enunciado en campaña que “en seis años haría lo que requiere un lapso de 12”. Dicha situación le fuerza a accionar de formas poco convencionales y en múltiples, de manera ambigua. Esto me parece se sostiene por la propia urdimbre del escenario político-económico del sistema. Es decir, los cambios radicales sin apoyo o acuerdo de los sectores privilegiados, se verían reflejados en un colapso generalizado de la estructura que mantiene  los procesos productivos, que a su vez son conseguidos por los estamentos vulnerables. De ahí la necesidad de compeler el actuar del empresariado en la vida pública para llevarlo bajo la directriz de un manejo equilibrado e iniciar un proceso compensatorio al mediato plazo.

La presión permanente producida por el mismo gobierno, requiere hilvanar filigrana. Su margen de error respecto de las promesas de campaña se va estrechando cada vez más. La menor equivocación en su estrategia o la comunicación deficiente le han resultado en tensiones más allá de con los opositores naturales. Grupos afines comienzan a deslindarse de ciertas decisiones y otros han expuesto que se sienten víctimas de una estratagema del periodo electoral. La imposibilidad de cumplirles a todos produce una tensión innecesaria en tanto mantiene una especie de estado de sitio, donde los grupos o intereses desfavorecidos emergerán de la contingencia para pasar a presionar desde varios frentes e invirtiendo tiempo y dinero para la consecución de sus fines. A la larga esto no solo costará votos, sino legitimidad en el apoyo a las decisiones para alcanzar las metas. Y su proyecto necesita el apoyo, guste o no, de sectores sensibles que doten de insumos para brindar las oportunidades prometidas.

Son variopintas las características del nuevo gobierno. Discursivamente mantiene la agenda en términos de bondades gubernamentales de la nueva gestión, sin detallar verosímilmente la información. Ha establecido un juego y unas reglas en que el Estado ha recogido para sí la toma de decisiones, y solo en razón de su estrategia, permitirá ingresar a los actores facilitadores pero bajo una participación tutelada. La marca de agua en la toma de decisiones es la necesidad de extender  nuevas relaciones con viejos amigos.

Si bien varios planteamientos se sostienen por los hechos, hay otros que necesariamente tienen que ser cribados por la reflexión histórica para lograr entender nuestro presente. Es irrefutable que las decisiones tomadas por el nuevo gobierno, rompen con el esquema de pensamiento del México “moderno”. Aquel donde la libertad individual prima por sobre todas las cosas, encaminada a un sistema de “alto flujo productivo”.

En este contexto, hay un resquicio para la introspección hacia una visión distinta. La posibilidad de pensar bajo nuevas premisas queda indefensa por la alta carga simbólico-ideológica en donde una gran parte de la sociedad nació ya con esta única visión como la correcta para el desarrollo de las naciones. No doy un voto ciego a los actos del gobierno, pero sí me han permitido esforzarme en situarme en un escenario imparcial y vislumbrar cual es el plan maestro que ha decidido trazar la autoridad. En ese sentido la lectura me lleva a pensar que la procuración del gobierno es hacia una transformación que recupere a los sectores olvidados o desfavorecidos, haciendo notar su existencia, así como la asimetría en su participación en la vida pública del país. Las relaciones que se erigen son compensatorias en tanto buscan reducir la brecha entre los diversos estratos sociales,  haciendo que los empresarios sean responsables socialmente hablando.

De parte de los ciudadanos corresponde continuar con ese mismo nivel de interés y participación que se dio durante el periodo electoral. Debe comprenderse que para que haya una transformación real se requiere elevar la discusión; y esto a su vez necesita de mantenerse activo y reflexivo ante las propuestas de unos y otros, para ejercer la voluntad general por encima de intereses particulares o de grupo. El camino es sinuoso, pero la duda como reflexión ya ha encaminado a la sociedad mexicana a la condición de posibilidad en todo cambio. Y por el bien de la mayoría, deseo que los resultados sean los que se requieren.

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