VIOLENCIA DE GÉNERO
REVELACIÓN DE UNA REALIDAD ASIMÉTRICA DE ORIGEN
En su devenir las sociedades se han erigido a partir de construcciones culturales y sociales definidas desde una perspectiva primordialmente androcéntrica y transmitidas por un sistema patriarcal. Ambas han determinado los roles que la mujer y el hombre deben realizar acorde a lo asignado como lo «femenino» y lo «masculino». Ineludiblemente estas condicionantes generaron dinámicas asimétricas que han sido naturalizadas, reproducidas y heredadas como parte inherente de la estructura social hasta hoy día.
Conforme las relaciones sociales se han ido complejizando, se establecieron gradualmente instituciones simbólicas y formales que coadyuvaron a organizar la interacción entre individuos. Empero, estas trajeron consigo la institucionalización de la desigualdad y discriminación -modalidades connaturales de la violencia de género- por la idea predominante de supuestos «atributos naturales superiores» del hombre respecto de la mujer.
Para poder entender la problemática en su justa dimensión y urgencia, se requiere de un marco histórico mínimo donde las propias mujeres han alzado la voz para hacer manifiesta una realidad asimétrica de origen. La siguiente retahíla identifica tres momentos producto de la lucha genuina y legítima liderada por ellas mismas, denominados «olas del feminismo», en los que se gestan las primeras manifestaciones surgidas desde la identidad colectiva como mujeres; develando las desigualdades y violencias propias de una realidad histórica generalizada.
La primera ola se circunscribe en los siglos XVII y XVIII, a la que se le conoce como «feminismo ilustrado», y se dio en torno a la búsqueda de la igualdad en los derechos civiles. La segunda ola, conocida como «movimiento sufragista», se da durante la segunda mitad del siglo XIX, y se extendió hasta mediados del XX; teniendo como consigna el voto de la mujer como punto nodal para la consecución de los demás derechos. Por último la tercera ola, donde surgen los feminismos contemporáneos, tiene como origen la década de los sesenta; momento de una reflexión crítica sobre la escala de valores y el confinamiento de la mujer a limitados espacios de desarrollo.
Sin embargo estos tres períodos sólo reflejan las principales manifestaciones provenientes de mujeres en búsqueda del reconocimiento de sus derechos. Por ejemplo, otro momento coyuntural se da con la «Declaración de Beijing» en septiembre de 1995 donde el objetivo se centró en la igualdad de género como un derecho humano y el empoderamiento de todas las mujeres. Fue un punto de inflexión desde las instituciones formales para promover los derechos de la mujer.
La referencia a tales eventos tiene como finalidad hacer patente, que hasta ese momento, se habían advertido a la desigualdad y discriminación como componentes medianamente inocuos de una prevalencia de los hombres sobre las mujeres en el ámbito público. Vaya, no necesariamente vistos con una connotación violenta. Pero los tipos y modalidades de violencia tienen un espectro más amplio y profundo; se extienden transversalmente por toda la estructura social, y gran parte, se encuentran ocultos a plena vista en la socialización diaria.
Si bien es cierto que en la actualidad se reconocen las expresiones más estridentes de la violencia de género, apenas comienzan a visibilizarse aquellas que se localizan en una zona de difícil acceso debido a su latencia. Teniendo como precedentes los diversos movimientos feministas, se sabe que el cúmulo de demandas tiene como fuente la violencia de género; cuyo objetivo es perpetuar la subordinación de la mujer con un alcance multidimensional. Esto es, su libertad se ve condicionada a las decisiones personales o grupales procedentes del patriarcado; además de vilipendiar sistemáticamente su integridad como persona.
Los estudios relacionados a la violencia de género muestran avances ingentes por la profundidad de la reflexión y problematización del tema. A partir de estos se han visibilizado las violencias más agudas. Aquellas imperceptibles dado que se encontraban insertas en la genética social. Por ejemplo, los «micromachismos» que violentan a las mujeres tanto en el espacio público como en el privado. Son expresiones de baja intensidad, aparentemente inofensivas, pero que laceran permanente su identidad.
Tales condiciones se recrudecen en el escenario privado, donde los usos y costumbres familiares acentúan la desigualdad, discriminación y violencia que en muchas ocasiones terminan en actos inenarrables. Datos de la OMS muestran que 1 de cada 3 mujeres en el mundo han sufrido de violencia física o sexual cometida principalmente por su pareja. En 2013 el mismo organismo destacó que la violencia contra la mujer es «un problema de salud global de proporciones epidémicas».
En el caso de México, la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2016, mostró una realidad desgarradora. El 66.1% de las mujeres han sufrido al menos un evento de violencia de algún tipo a lo largo de su vida. Este escenario hórrido hace patente la extrema vulnerabilidad en la que los hombres hemos puesto a la mujer en cada uno de los espacios en que debería predominar su libre desarrollo. Prácticamente no se pueden identificar los espacios donde las mujeres estén seguras de alguna forma de violencia. En la casa, el trabajo, la escuela, las áreas comunes, y hasta en las instituciones; se enfrentan a la intrusión de su integridad.
Cabe resaltar que ellas mismas son quienes han obligado a mirar el problema de forma directa haciendo uso de expresiones enérgicas; pero sin tener parangón a los estragos sufridos. Paralelamente, mediante su lucha constante, están logrando penetrar en diversas instituciones formales a fin de visibilizar y establecer mecanismos que ocasionen el impostergable reconocimiento de sus derechos innatos, y del ejercicio libre de su personalidad.
Simultáneamente deben irse modificando las estructuras simbólicas de reproducción de la violencia de género en los espacios básicos de convivencia como son el hogar, la escuela, y el espacio público. Para ello se requiere de voluntad política, ya que por potencia y alcance, es la vía más rápida para reformar los desequilibrios de poder.
En lo que respecta a los hombres, no debemos ser indolentes ante una situación de la que hemos abusado, si no directamente, si por herencia y/o reproducción inconsciente. Hoy nos toca reflexionar sobre la violencia que las mujeres nos han revelado como parte congénita del acontecer histórico de la sociedad. Nuestra obligación debe centrarse en la reinterpretación de nuestra masculinidad y posición privilegiada. Hoy más que nunca tenemos que cuestionar la realidad y no dejar que se desvanezca; porque también tenemos la oportunidad de coadyuvar en una nueva forma de interpretar el mundo, que sea más igualitaria y más justa.