13 de agosto de 2020

VIOLENCIA DE GÉNERO



VIOLENCIA DE GÉNERO
REVELACIÓN DE UNA REALIDAD ASIMÉTRICA DE ORIGEN

En su devenir las sociedades se han erigido a partir de construcciones culturales y sociales definidas desde una perspectiva primordialmente androcéntrica y transmitidas por un sistema patriarcal. Ambas han determinado los roles que la mujer y el hombre deben realizar acorde a lo asignado como lo «femenino» y lo «masculino». Ineludiblemente estas condicionantes generaron dinámicas asimétricas que han sido naturalizadas, reproducidas y heredadas como parte inherente de la estructura social hasta hoy día.

Conforme las relaciones sociales se han ido complejizando, se establecieron gradualmente instituciones simbólicas y formales que coadyuvaron a organizar la interacción entre individuos. Empero, estas trajeron consigo la institucionalización de la desigualdad y discriminación -modalidades connaturales de la violencia de género- por la idea predominante de supuestos «atributos naturales superiores» del hombre respecto de la mujer.

Para poder entender la problemática en su justa dimensión y urgencia, se requiere de un marco histórico mínimo donde las propias mujeres han alzado la voz para hacer manifiesta una realidad asimétrica de origen. La siguiente retahíla identifica tres momentos producto de la lucha genuina y legítima liderada por ellas mismas, denominados «olas del feminismo», en los que se gestan las primeras manifestaciones surgidas desde la identidad colectiva como mujeres; develando las desigualdades y violencias propias de una realidad histórica generalizada. 

La primera ola se circunscribe en los siglos XVII y XVIII, a la que se le conoce como «feminismo ilustrado», y se dio en torno a la búsqueda de la igualdad en los derechos civiles. La segunda ola, conocida como «movimiento sufragista», se da durante la segunda mitad del siglo XIX, y se extendió hasta mediados del XX; teniendo como consigna el voto de la mujer como punto nodal para la consecución de los demás derechos. Por último la tercera ola, donde surgen los feminismos contemporáneos, tiene como origen la década de los sesenta; momento de una reflexión crítica sobre la escala de valores y el confinamiento de la mujer a limitados espacios de desarrollo.

Sin embargo estos tres períodos sólo reflejan las principales manifestaciones provenientes de mujeres en búsqueda del reconocimiento de sus derechos. Por ejemplo, otro momento coyuntural se da con la «Declaración de Beijing» en septiembre de 1995 donde el objetivo se centró en la igualdad de género como un derecho humano y el empoderamiento de todas las mujeres. Fue un punto de inflexión desde las instituciones formales para promover los derechos de la mujer.

La referencia a tales eventos tiene como finalidad hacer patente, que hasta ese momento, se habían advertido a la desigualdad y discriminación como componentes medianamente inocuos de una prevalencia de los hombres sobre las mujeres en el ámbito público. Vaya, no necesariamente vistos con una connotación violenta. Pero los tipos y modalidades de violencia tienen un espectro más amplio y profundo; se extienden transversalmente por toda la estructura social, y gran parte, se encuentran ocultos a plena vista en la socialización diaria. 

Si bien es cierto que en la actualidad se reconocen las expresiones más estridentes de la violencia de género, apenas comienzan a visibilizarse aquellas que se localizan en una zona de difícil acceso debido a su latencia. Teniendo como precedentes los diversos movimientos feministas, se sabe que el cúmulo de demandas tiene como fuente la violencia de género; cuyo objetivo es perpetuar la subordinación de la mujer con un alcance multidimensional. Esto es, su libertad se ve condicionada a las decisiones personales o grupales procedentes del patriarcado; además de vilipendiar sistemáticamente su integridad como persona. 

Los estudios relacionados a la violencia de género muestran avances ingentes por la profundidad de la reflexión y problematización del tema. A partir de estos se han visibilizado las violencias más agudas. Aquellas imperceptibles dado que se encontraban insertas en la genética social. Por ejemplo, los «micromachismos» que violentan a las mujeres tanto en el espacio público como en el privado. Son expresiones de baja intensidad, aparentemente inofensivas, pero que laceran permanente su identidad.

Tales condiciones se recrudecen en el escenario privado, donde los usos y costumbres familiares acentúan la desigualdad, discriminación y violencia que en muchas ocasiones terminan en actos inenarrables. Datos de la OMS muestran que 1 de cada 3 mujeres en el mundo han sufrido de violencia física o sexual cometida principalmente por su pareja. En 2013 el mismo organismo destacó que la violencia contra la mujer es «un problema de salud global de proporciones epidémicas».

En el caso de México, la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2016, mostró una realidad desgarradora. El 66.1% de las mujeres han sufrido al menos un evento de violencia de algún tipo a lo largo de su vida. Este escenario hórrido hace patente la extrema vulnerabilidad en la que los hombres hemos puesto a la mujer en cada uno de los espacios en que debería predominar su libre desarrollo. Prácticamente no se pueden identificar los espacios donde las mujeres estén seguras de alguna forma de violencia. En la casa, el trabajo, la escuela, las áreas comunes, y hasta en las instituciones; se enfrentan a la intrusión de su integridad. 

Cabe resaltar que ellas mismas son quienes han obligado a mirar el problema de forma directa haciendo uso de expresiones enérgicas; pero sin tener parangón a los estragos sufridos. Paralelamente, mediante su lucha constante, están logrando penetrar en diversas instituciones formales a fin de visibilizar y establecer mecanismos que ocasionen el impostergable reconocimiento de sus derechos innatos, y del ejercicio libre de su personalidad.

Simultáneamente deben irse modificando las estructuras simbólicas de reproducción de la violencia de género en los espacios básicos de convivencia como son el hogar, la escuela, y el espacio público. Para ello se requiere de voluntad política, ya que por potencia y alcance, es la vía más rápida para reformar los desequilibrios de poder.

En lo que respecta a los hombres, no debemos ser indolentes ante una situación de la que hemos abusado, si no directamente, si por herencia y/o reproducción inconsciente. Hoy nos toca reflexionar sobre la violencia que las mujeres nos han revelado como parte congénita del acontecer histórico de la sociedad. Nuestra obligación debe centrarse en la reinterpretación de nuestra masculinidad y posición privilegiada. Hoy más que nunca tenemos que cuestionar la realidad y no dejar que se desvanezca; porque también tenemos la oportunidad de coadyuvar en una nueva forma de interpretar el mundo, que sea más igualitaria y más justa.

27 de marzo de 2019

LA CELERIDAD POR LA TRANSFORMACIÓN DE LA POLÍTICA NACIONAL



INCORDIO POR LA HISTORIA POLÍTICA NACIONAL

Un lato pasado saturado de indolencia, iniquidad, ocultamiento y permisividad de malas prácticas políticas, sociales y económicas vinculadas con la corrupción e impunidad generadas en cada resquicio del país, tuvo como efecto retardado, el imperioso e inevitable involucramiento social. Si bien no de la mejor forma, esto es, de manera informada, modelando criterio bajo premisas reflexivas; se logró politizar prácticamente todo el territorio nacional. Los partidos tradicionales se habían anquilosado. El desgaste provocado por décadas, los hacía ver obsoletos, imposibilitados para ser la primera opción de una gran mayoría que los veía como protagonistas de la enervación nacional. Aunado en tiempo reciente a los escollos provocados desde sus propias dirigencias hacia su interior.

La trayectoria a seguir se mostraba difusa, sin un lugar donde postrarse sosegadamente y tener el tiempo para otear un nuevo horizonte. Sin embargo, había emergido recientemente un movimiento que logró recoger la narrativa de las necesidades sociales. Morena logró revitalizar la “esperanza” de un futuro diferente a las prácticas establecidas en el statu quo del sistema político nacional -guardando toda proporción y un análisis a profundidad de los orígenes del movimiento-. Discursivamente adhirió voluntades de la más diversa naturaleza, permitiéndole configurar una retórica acumulativa del hartazgo y ofreciendo una propuesta antagónica al ejercicio histórico de la política en nuestro país.

Como ofrecimiento modélico de restauración de las premisas por el bienestar social se ciñó a las aspiraciones del grueso de la sociedad. La paradoja se presentaba en los personajes que fueron escribiendo el guion y el anfiteatro donde debería realizarse la obra. El proscenio estaba enmarcado por un único personaje protagónico, al que se le dotó con un aspecto moralmente inmaculado. Vaya, el polo opuesto de los personajes anacrónicos ante las necesidades sociales. Solo bastó enunciar un cambio de régimen, sin necesidad de argüir en cómo lo haría, para convencer a mucho de que era el adalid por el que la historia nacional estaba aguardando.

Después de un largo periodo de cambio desde la transición en el año 2000, donde ninguno de los actores logró instituir sólidamente un sistema que combatiera eficientemente las necesidades de los diversos sectores sociales. El crecimiento y distribución fue asimétrico. Los ricos acentuaban su capital, y en los sectores vulnerables y pobres se remarcaba su condición o empeoraba. Otras varias decisiones, omisiones o negligencias de gobiernos anteriores agudizaron el malestar social que se venía amasando con el paso del tiempo.

Resultado de ello, el marasmo ocurrido en la jornada electoral del dos de julio del año pasado. Los pronósticos se habían cumplido. Por primera vez en la historia de México, “la izquierda” logró cohesionar sentires e intereses de la más diversa índole. Por primera vez, se ensayaría bajo un nuevo director de obra y bajo un esquema institucional poco conocido en nuestra latitud. Tan ingente fue el triunfo que la legitimidad alcanzada en las urnas lo dotó de acciones de facto. Obligó al gobierno que estaba por salir a seguir sus pautas y cimentar los principios que regirían el inicio de su mandato.

PRESTEZA POR EL CAMBIO DE PARADIGMA

Se estará más o menos de acuerdo con la necesidad impostergable de repensar la configuración política, económica y social que requieren las circunstancias locales ante la ausencia indiscriminada de factores ético-morales. Esto se entendió grosso modo como menester un cambio de paradigma. A ojos del pensamiento conservador, enquistado en las últimas décadas, y con un pasado aún más contrastante, se manifiesta renuente desde las modificaciones más nimias como lo fue la toma de protesta como presidente por la gran carga simbólica; contra natura del carácter decimonónico aludido. Otra  de más peso, fue la conformación de su gabinete, el cual integró por personas que habían sido referentes en gobiernos priistas. Lo que supondría una contradicción al cambio.

Sin embargo, parecía que tan solo el hecho de haberse creado un nuevo partido, cualquier político que se afiliara quedaba eximido de su pasado. Ellos mismos hablaban ya de valores que habían dejado de ser parte de la política cotidiana. Hoy día continúan hablando de un pasado que pareciera les fuera ajeno y del cual no hubiesen sido parte.

A pesar del ambiente enrarecido entre discurso, actores y hechos; los cambios han sido prácticamente en la totalidad de las instituciones; dejando claro que el viraje tiene un rumbo con diferencias, más no lejano de las prácticas atávicas del sistema. Las primeras decisiones se centraron en acentuar la desavenencia con un modelo neoliberal, considerado por antonomasia, como el precursor del malestar social, y que en los hechos, no tiene demasiado margen para defenderlo a ultranza. Promotor de la indolencia y corrupción como patología de la erosión social.

La salida de los llamados tecnócratas de la SHCP, del BM y demás instituciones que tenían relación con los dineros del erario, fue otro indicio del cambio de paradigma. El mensaje era claro: las reglas del juego las iba a modificar el gobierno entrante y aquel que quisiera ser partícipe dentro de él tenía que ajustar sus pretensiones a un marco específico de acción. Al menos inicialmente.

Estos cambios eran los que el grueso del electorado que votó por AMLO esperaba. Consentían las formas deficientes al momento de realizarlos y la comunicación defectuosa que provocaron confusión no solo en sectores de la IP sino en la AP por haber sido el personal operativo quienes sufrieron las decisiones de esta transición. En este momento, el ambiente se percibía enrarecido y con un alto grado de incertidumbre. Nuevamente la polarización se hacía presente: Los que se sentían históricamente desplazados, olvidados y vilipendiados, veían en las decisiones un acto de justicia; y aquellos que habían sido beneficiados por los regímenes anteriores se sentían ultrajados. Es fácil darse cuenta de la descomunal distancia entre estas dos percepciones, no así de los procesos históricos donde se dieron los puntos de inflexión que hoy día han marcado un itinerario de reivindicación de los sectores vulnerables.

La realidad demanda perentoriamente no solo visibilizar a los olvidados e invisibilizados, sino ir más allá y empezar a construir plataformas que sustenten un incipiente desarrollo con miras a una mejor distribución de la riqueza. La celeridad radica en querer erigir la infraestructura necesaria en la mitad del tiempo de su mandato, en razón de haber propuesto la revocación de mandato (ya aprobada por cierto) para efectuarse en el 2021; aunado a lo enunciado en campaña que “en seis años haría lo que requiere un lapso de 12”. Dicha situación le fuerza a accionar de formas poco convencionales y en múltiples, de manera ambigua. Esto me parece se sostiene por la propia urdimbre del escenario político-económico del sistema. Es decir, los cambios radicales sin apoyo o acuerdo de los sectores privilegiados, se verían reflejados en un colapso generalizado de la estructura que mantiene  los procesos productivos, que a su vez son conseguidos por los estamentos vulnerables. De ahí la necesidad de compeler el actuar del empresariado en la vida pública para llevarlo bajo la directriz de un manejo equilibrado e iniciar un proceso compensatorio al mediato plazo.

La presión permanente producida por el mismo gobierno, requiere hilvanar filigrana. Su margen de error respecto de las promesas de campaña se va estrechando cada vez más. La menor equivocación en su estrategia o la comunicación deficiente le han resultado en tensiones más allá de con los opositores naturales. Grupos afines comienzan a deslindarse de ciertas decisiones y otros han expuesto que se sienten víctimas de una estratagema del periodo electoral. La imposibilidad de cumplirles a todos produce una tensión innecesaria en tanto mantiene una especie de estado de sitio, donde los grupos o intereses desfavorecidos emergerán de la contingencia para pasar a presionar desde varios frentes e invirtiendo tiempo y dinero para la consecución de sus fines. A la larga esto no solo costará votos, sino legitimidad en el apoyo a las decisiones para alcanzar las metas. Y su proyecto necesita el apoyo, guste o no, de sectores sensibles que doten de insumos para brindar las oportunidades prometidas.

Son variopintas las características del nuevo gobierno. Discursivamente mantiene la agenda en términos de bondades gubernamentales de la nueva gestión, sin detallar verosímilmente la información. Ha establecido un juego y unas reglas en que el Estado ha recogido para sí la toma de decisiones, y solo en razón de su estrategia, permitirá ingresar a los actores facilitadores pero bajo una participación tutelada. La marca de agua en la toma de decisiones es la necesidad de extender  nuevas relaciones con viejos amigos.

Si bien varios planteamientos se sostienen por los hechos, hay otros que necesariamente tienen que ser cribados por la reflexión histórica para lograr entender nuestro presente. Es irrefutable que las decisiones tomadas por el nuevo gobierno, rompen con el esquema de pensamiento del México “moderno”. Aquel donde la libertad individual prima por sobre todas las cosas, encaminada a un sistema de “alto flujo productivo”.

En este contexto, hay un resquicio para la introspección hacia una visión distinta. La posibilidad de pensar bajo nuevas premisas queda indefensa por la alta carga simbólico-ideológica en donde una gran parte de la sociedad nació ya con esta única visión como la correcta para el desarrollo de las naciones. No doy un voto ciego a los actos del gobierno, pero sí me han permitido esforzarme en situarme en un escenario imparcial y vislumbrar cual es el plan maestro que ha decidido trazar la autoridad. En ese sentido la lectura me lleva a pensar que la procuración del gobierno es hacia una transformación que recupere a los sectores olvidados o desfavorecidos, haciendo notar su existencia, así como la asimetría en su participación en la vida pública del país. Las relaciones que se erigen son compensatorias en tanto buscan reducir la brecha entre los diversos estratos sociales,  haciendo que los empresarios sean responsables socialmente hablando.

De parte de los ciudadanos corresponde continuar con ese mismo nivel de interés y participación que se dio durante el periodo electoral. Debe comprenderse que para que haya una transformación real se requiere elevar la discusión; y esto a su vez necesita de mantenerse activo y reflexivo ante las propuestas de unos y otros, para ejercer la voluntad general por encima de intereses particulares o de grupo. El camino es sinuoso, pero la duda como reflexión ya ha encaminado a la sociedad mexicana a la condición de posibilidad en todo cambio. Y por el bien de la mayoría, deseo que los resultados sean los que se requieren.

2 de octubre de 2018

1968 - NOSTALGIA POR UNA ÉPOCA DE IDEALES

“El significado de la anarquía ha sido interpretado como el estado de mayor desorden, es por que han enseñado a la gente que sus asuntos están regulados, que ellos son gobernados sabiamente, y que esa autoridad es una necesidad” Emma Goldman

“Un cambio social real nunca ha sido llevado a cabo sin una revolución… Revolución no es sino el pensamiento llevado a la acción” Emma Goldman

Miles de historias han transcurrido en el devenir del tiempo, pero pocas, en comparación, son las que han dejado registro en la memoria de una sociedad; ya sea por lo sublime o funesto del suceso. A toda historia le corresponde una  trama, y cada trama necesita de un contexto, una temporalidad y de actores que le den vida; sin embargo, este conjunto sólo puede tomar sentido a partir de las ideas que los fueron cincelando.

Es así como el año de 1968 se instala como un referente en la genética social al menos en Occidente. Era un período donde la sociedad se estaba reconfigurando después del conflicto bélico de la Segunda Guerra Mundial. El crecimiento económico se mantuvo en prácticamente todo el orbe generando estabilidad económica pero irrisoriamente no así en el escenario político, y mucho menos en el ámbito social. En ese momento crecieron las oportunidades educativas respecto de las que existieron otrora, siendo el detonante de una forma de pensamiento disruptivo que buscaba horizontes distintos al marco rígido que les imponía el Estado, y la extensión de este en los paradigmas sociales, culturales y políticos de la época. Se hacía visible una ruptura temporal de pensamientos e ideales. Por un lado estaban los adultos que representaban los valores atávicos y anquilosados; y por el otro, los jóvenes, quiénes enarbolaban ideas de transición y participación activa en la transformación de su realidad.

México no fue la excepción. La juventud fue la depositaria, como suele ser costumbre, de los ideales que pugnaban por el pensamiento crítico de su realidad. El ser joven y estudiante enarbolaba convicciones, ideales y una profunda pasión por no sólo pensarlos sino vivirlos, con miras de ejercer su libertad sin la tutela inflexible del gobierno y su expresión mínima representada en los padres; siendo los primeros que transmitían el sistema de valores de una época ya distante de los renovados bríos de la juventud.

El statu quo era el recordatorio de un período oscurantista e inquisitorial, donde la rigidez limitaba el ejercicio del pensamiento libre, y la búsqueda de los medios para su concreción era inaceptable. En aquella etapa era impensable abrir escenarios para la cavilación y la participación. Todo estaba sujeto a lo ya dicho, sin posibilidad alguna por escuchar lo que estaba por decirse. De los pocos espacios de reflexión estaban las universidades, núcleo de la agitación de conciencias, promotoras del pensamiento crítico y motivadoras para reflexionar la realidad no como es, sino como debería ser. Cuando estos tres elementos se fusionaron el gobierno se estremeció.

La idea de un cambio era per se disruptiva. El solo hecho de reflexionar y pensar lo imposible era causal de la intervención inmediata de los padres, y si estos no lograban sosegarlos, venía el gobierno de manera amenazante, haciendo sentir su poder y obliterando cualquier idea o acto subversivo. Lo que no se esperaba fue la convergencia de reflexiones y la necesidad de experimentar una libertad plena. Querían ser parte de su realidad y no solo el resultado de las decisiones de “los adultos”. Buscaron reformar la idea de cómo debía de vivirse, abriéndose a toda posibilidad dando voz a los grupos más diversos.

Todas esas ideas radicales -ya que buscaban transformar- se fueron conjugando en una crisálida, y en el momento en que eclosionó surgió como una serie de ideales con las mayores ilusiones. Llegado el momento de llevarlos a las calles y hacerse sentir en aquel espacio que se decía de todos pero que era custodiado por “papá” gobierno, los jóvenes se manifestaron de forma idílica. Hasta ese momento el miedo no podía penetrar su rodela forjada por sus ideales.

La participación fue generalizada, jóvenes de todos los estratos estaban en sintonía. Las mujeres que en ese momento se consideraba debían estar a la sombras de los hombres, emergieron como valkirias, tomando un rol protagónico, participando en las brigadas y subiendo al transporte para explicar qué era el movimiento, condiciones torales para la supervivencia del movimiento. Demostraron que estaban en igualdad de condiciones para ser protagonistas de la historia.

Fue así como llegó el día 2 de octubre de 1968, momento de máxima abyección perpetrada por el gobierno, buscando acallar toda idea diferente y pulverizar los ideales seminales del movimiento. Y es cierto que lograron amordazar muchas vidas, pensando que con ello anularían toda posibilidad de cambio. Lo que no alcanzaron a atisbar en el futuro fue que las ideas y los ideales de aquel momento pervivirían, resonando en las mentes de las nuevas generaciones, porque la idea no muere, es inmortal. Y es así como aquellos jóvenes idealistas del movimiento del 68 han alcanzado la suya.

23 de agosto de 2018

EL APARENTE GIRO DEMOCRÁTICO

El presidente electo anunció desde su campaña un “giro democrático”, representado por la consulta popular como elemento indispensable en el ejercicio de su gobierno, arguyendo la reivindicación de la participación ciudadana en la toma de decisiones. Y sin iniciar constitucionalmente su mandato, dicho mecanismo reluce en un tema de primer importancia para el futuro mediato del país: optar por construir dos pistas en la base militar de Santa Lucia que operarían simultáneamente con el actual AICM o la decisión de continuar con la edificación del NAICM en el área del lago de Texcoco. Hasta aquí, el discurso parece sostenerse por sí solo ante la presencia de una democracia directa. Empero, tal razonamiento se vuelve endeble al contrastarlo con la realidad.

En primera instancia más que impulsar al ciudadano, parece que la participación por medio de la consulta popular, en el tema específico del aeropuerto, es más un cálculo político para no desgastar al gobierno entrante respecto de su promesa de campaña de cancelar la construcción del NAICM. De esta forma gana tiempo y margen de acción para evitar un escenario asaz desfavorable al inicio de la “Cuarta Transformación”. Pero esto, a mi parecer, ya estaba presupuestado. La forma de soportar el embate causado por la administración saliente como promotores del proyecto del nuevo aeropuerto, justamente es mediante la consulta popular y dando cabida al diálogo con los distintos grupos interesados en el tema. Así logra mantener la legitimidad, anula la obligación del cumplimiento de la promesa de campaña, y tiene tiempo para que de manera natural se enerven las tensiones en este periodo de gracia previo al inicio formal de su encargo.

En segunda instancia, refiero una condición de sentido en torno a la implementación de la consulta popular como eje de la participación en este desconocido “giro democrático. Aparentemente existen elementos que soportan y elogian tal deferencia hacia la sociedad; sin embargo, debemos profundizar en las condiciones existentes para ver la razón de ser y su viabilidad. La decisión de mantener el aeropuerto en funciones o continuar con la edificación del nuevo aeródromo, conlleva un amplio y detallado análisis. Se requiere de, al menos, conocimientos básicos en: aeronáutica; geotecnia; impacto urbano, hidrológico y ambiental; para poder tomar una decisión más o menos acorde a las necesidades del país y procurando el menor impacto negativo. Lamentablemente, la decisión se complica aún más cuando existen dictámenes emitidos por grupos de expertos que se contraponen entre sí.

Como observamos la cuestión se ciñe en el viraje democrático propuesto por el próximo gobierno, que consta de establecer una democracia participativa para la toma de decisiones vía la consulta popular con carácter vinculante. Inicialmente trae consigo un beneficio vital en la gobernanza, ya que le dota de legalidad, y sobre todo, legitimidad; condición toral para la acción de gobierno. Argumentativamente dicho mecanismo reivindica al ciudadano. Lo saca de ese espacio lúgubre y antagónico, para llevarlo a una latitud -experimentada pocas veces o ninguna-, donde, aparentemente, pasa a ser el personaje protagónico de la obra y lo hace directamente responsable del efecto que en un futuro tenga su decisión. De aplicar esta lógica el gobierno quedaría blindado ante un posible efecto adverso. Y es aquí donde se manifiesta un discurso ambivalente.

De allí que me centre en el "giro democrático" propuesto por el gobierno entrante. Si bien es plausible ofrecer una vía de participación directa, debemos adentrarnos en el contexto espacio-temporal para atisbar la forma y fondo de tal inclinación. Hemos visto que discursivamente adhiere voluntades, pero en su transición a la realidad se produce una fragilidad que trastoca elementalmente esta entelequia democrática. Por eso deben existir ciertas condiciones para su implementación y ejercicio real, como lo menciona Cornelius Castoriadis:

“Democracia significa etimológicamente la dominación de las masas. Pero no tomemos el término dominación en un sentido formal. El dominio real no puede ser confundido con el voto: el voto, incluso el que se emite libremente, puede ser, y lo es frecuentemente, la farsa de la democracia. La democracia no es el voto relativo a cuestiones secundarias, ni la designación de personas que decidirán por ellas mismas, fuera de cualquier control efectivo, sobre las cuestiones esenciales. La democracia no consiste tampoco en llamar a las personas a pronunciarse sobre cuestiones incomprensibles o que carecen de sentido para ellas. El dominio real es el poder decidir por sí mismo sobre cuestiones esenciales y hacerlo con conocimiento de causa. En estas cuatro palabras: con conocimiento de causa, se encuentra todo el problema de la democracia. No tiene ningún sentido llamar a las personas a que se pronuncien sobre determinados asuntos si no pueden hacerlo con conocimiento de causa[...] y menos que nadie a las masas, a quienes se les oculta sistemáticamente la realidad económica y política, así como el sentido de las cuestiones planteadas. La conclusión que se desprende no es confiar el poder a una casta de burócratas incompetentes e incontrolables, sino la de transformar la realidad social, de forma que los datos esenciales y los problemas fundamentales sean asequibles para los individuos, y que éstos puedan decidir con conocimiento de causa”.

Es cierto que la propuesta del gobierno le da voz y voto al ciudadano. Pero en qué condiciones, si infortunadamente, un gran segmento de la sociedad, por no decir la mayoría, no tiene ni los elementos ni el conocimiento para formar un criterio que sustente su decisión sobre este tema debido al alto nivel técnico del megaproyecto. Debemos ser conscientes que no se reduce a exhibir y publicitar documentos, informes y dictámenes, sino a poder discernir a través de estos la opción más viable, aunque no idónea.

Entonces, ¿de que sirve darle voz y voto al ciudadano si lo imposibilita a decidir con conocimiento de causa? En este punto es donde encontramos la falencia del "giro democrático" de la próxima administración federal. Un ciudadano que no tiene el "dominio real", es decir, el conocimiento de causa sobre los temas que será partícipe y deberá tomar una decisión -como aduce Castoriadis- pierde potencia y queda circunscrito, en gran medida, a un mero ejercicio retórico; pero sí coadyuva a legitimar las decisiones de gobierno protegiéndolo, prácticamente, ante cualquier escenario adverso; y en caso de que el resultado sea favorable, se dirá que "el pueblo eligió sabiamente". En ambos casos el gobierno resultaría indemne.

Cabe precisar que el tema no es si el “giro democrático” del próximo gobierno es benéfico o no, porque la respuesta inmediata a una aspiración social de ser partícipe directo –más o menos- de su destino es favorable e imperioso. La interrogante debiera versar sobre qué temas pueden ser llevados a la palestra pública, a través de qué mecanismo y si legalmente el resultado debe tener carácter vinculante. Llegamos al punto donde ni los apasionamientos ni las posturas recalcitrantes adoptadas por filias o fobias deben anteponerse al pensamiento crítico. Al contrario, debemos ser escrupulosos e imparciales a fin de dirimir con conocimiento de causa sobre temas de vital importancia para el desarrollo del país, y donde la sociedad, aparentemente, durante el próximo sexenio, podrá darle cauce a sus sueños a fin de que se concreten en una realidad donde prime su voz, su voto y su bienestar por encima de todo. Y eso nos queda... esperar a que nos llegue la realidad.

24 de julio de 2018

RECONCILIANDO PUNTOS DE VISTA

Después de la elección en la que la sociedad optó por teñir los distintos puestos de elección, prácticamente de un solo color, la atención se ha centrado en las modificaciones enunciadas diariamente por el virtual presidente electo, y que a todas luces, sin conocer a ciencia cierta su magnitud, producirán cambios sustanciales en el régimen político mexicano. Sin embargo, esto ha traído consigo una tensión con alto grado de hostilidad entre la sociedad.

La polarización postelectoral ha mantenido las relaciones sociales condicionadas a un “ganador” y a un “perdedor”. Dependiendo a quien se haya apoyado es el tipo de comportamiento y discurso manifestado. Claro, sin generalizar, pero sí observando una propensión. Si se apoyó al vencedor, quienes lo hicieron, elogian los cambios propuestos y enarbolan el nuevo proyecto de nación. Por otra parte, quienes apoyaron al vencido, se han convertido en los principales opositores de cambios radicales en el gobierno, exponiendo los riesgos de tales decisiones. Se hable de unos u otros, el estrés ha conllevado una permanente discusión entre simpatizantes y detractores; infortunadamente en términos violentos. Por ejemplo, aquellos que en redes sociales se ocultan tras el anonimato, e indistintamente de sus filias, instigan regularmente comentarios de odio e ira contenida.

Lo que no hemos entendido como sociedad es que entre nosotros no podemos permitir la vejación, y menos por motivos tan fútiles. Pensar que la salida de unos y el ingreso de otros en el gobierno es la panacea, es errar nuestro diagnóstico. Claro, no sin darle su debida proporción. Y si bien es cierto que un gobierno genera de manera importante las condiciones de progreso o retroceso, no hemos logrado alcanzar la madurez para también dimensionarnos en la justa proporción. Esta elección ha dado visos de que cuando la mayoría tiene un objetivo común, es ineluctable su mandato. Ahora debemos trabajar incansablemente porque las resoluciones no solo se limiten a la decisión de la mayoría, sino que estas se esgriman a partir del interés permanente de lo que sucede en la palestra nacional. Como menciona Castoriadis en Le contenu du socialisme: el dominio real es el poder decidir por sí mismo sobre cuestiones esenciales y hacerlo con conocimiento de causa.

El inconveniente parte de la desconfianza que tenemos en nosotros mismos, en darle una oportunidad a lo distinto cuando lo igual o semejante nos ha mantenido anquilosados. Algunos especialistas ponen en tela de juicio si los cambios anunciados, realmente producirán los efectos que en campaña se prometieron, y si la forma en que se darán corresponden a un gobierno inclusivo, y sobre todo, capaz de escuchar a las voces disidentes. Y es en este punto donde la conciencia política toma un papel preponderante, pues debe de continuar siendo crítica, pero también, prudente y moderada. Es por ello que la reflexión debe tomar nuevos rumbos y dirigirse hacia la duda, cr
ítica y acción cuando las decisiones tiendan a desplazar el mandato social; pero también reconociendo aquellas que impulsen y fortalezcan el bienestar común.